La gente espera las rebajas de Zara, Mango o H&M, compra cinco pantalones, tres blazers, dos vestidos. Todo “porque estaba barato”.
Y después llegan a los talleres locales con bolsas llenas de ropa nueva diciendo:
¿Me lo puedes ajustar?
¿Le puedes subir el bajo?
¿Esto se puede entallar?
Es que me encanta… pero no me queda bien.
Y ahí estamos.
Los pequeños talleres, las costureras, en fin nuestras manos.
Arreglando la velocidad de una industria que produce ropa para cuerpos irreales, ritmos irreales y consumo impulsivo.
La ironía es que muchas veces la prenda termina siendo realmente usada solo después de pasar por un taller local.
Quizás la moda circular actual no siempre empieza con “consumo consciente”. A veces empieza simplemente así:
Comprar demasiado, darse cuenta de que nada encaja del todo, y terminar dependiendo de alguien que todavía sabe coser.
Y aunque el sistema sea contradictorio… qué importante es que los talleres sigan existiendo.
Dado que entre tanta producción masiva, todavía hay lugares donde una prenda recibe tiempo, atención y otra oportunidad.